martes, 20 de septiembre de 2016

TODO LO QUE SIEMPRE QUISISTE SABER SOBRE UN VIAJE EN BICICLETA Y NO TE ATREVISTE A PREGUNTAR - PARTE II

Hace unas semanas compartí algunos aciertos y desaciertos previos al kilómetro cero de El Sur Bici-ble y durante estos meses de viaje. Sin embargo, hay dos temas de atención e importancia para sobrevivir en un viaje en bicicleta: la alimentación y la hidratación. Recordemos que el motor de nuestra bici somos los y las ciclistas y, el combustible, lo que comemos y bebemos, para poder mover la “máquina”.

Foto de Adrien Galparoli. Norte de Argentina. El Sur Bici-ble, 2016.

¿QUÉ COMER DURANTE UN VIAJE EN BICICLETA?

Aunque la alimentación depende de diversos factores como las inclinaciones de cada biciviajero y biciviajera (veganos, vegetarianos, carnívoros, etc.), los pesos corporales, las condiciones de salud de cada ciclista, la tipografía a recorrer, los esfuerzos diarios, las condiciones climáticas, la facilidad para conseguir ciertos alimentos y hasta el presupuesto que tenemos para comprar nuestra comida, el ciclismo es un ejercicio muscular con un alto gasto energético (aprox. de 350 a 400 calorías por hora) que toma la energía de lo que comemos: los carbohidratos, las grasas y las proteínas.


Foto: Cereales y papas de Perú. Puno. El Sur Bici-ble, 2016.

Además, al principio compraba alimentos para una semana y luego simplemente empecé a comprar para consumo máximo de dos días. Esto depende, por ejemplo, de las condiciones climáticas o la facilidad para conseguir ciertos alimentos. Hay que tener en cuenta que, especialmente, los productos orgánicos pueden descomponerse más rápido que los demás. Y de paso, al llevar menos comida, llevas menos peso.

Aquí comparto mis preferencias:

LA PRIMERA COMIDA, EL DESAYUNO

Lo primero que hago es, todos los días, buscar frutas: las bananas son mis favoritas, aunque a veces también compro manzanas o uvas verdes, pero depende de lo que encuentre en el mercado. Por fortuna, en Sudamérica, hay variedad de frutas y son económicas. Pues bien, lo primero que como, al despertar, es una fruta. Mientras como la fruta, voy alistando mi cocina portátil, caliento el agua para preparar café (como buena colombiana, no puede faltar una dosis de cafeína al día) y abro el pan, para ponerle queso o mantequilla o mermelada o mantequilla de maní. Algunas veces preparo un huevo batido con queso, sobre todo cuando estoy quieta por algunos días en algún lugar y sé que no voy a estropear los huevos con el movimiento.  Sin embargo, para no aburrirme con un solo menú, también puedo varío con granola y yogurt, que resulta muy rico y también barato.

¿QUÉ VAMOS A ALMORZAR HOY?

Generalmente la hora del almuerzo me sorprende en ruta. Algunas veces prefiero sentarme en algún restaurante del camino, generalmente tienen precios accesibles y de menú amplio: arroz o plátano, proteína animal, la famosa “menestra”, que comprende fríjol, garbanzo, lenteja o alverja, sopa, ensalada y jugo. Sin embargo, otras veces, llevo algún enlatado: fríjoles o garbanzos, pero que no me complique tanto y, a veces, armar la cocina durante el viaje es desgastante. Al final, si lo hay, puedo comerme un pedazo de chocolate o una galleta rellena, a manera de postre.

DESPUÉS DE UNA INTENSA JORNADA, LA CENA

Al final del día, después de todo el intenso pedaleo, la cena se convierte en la comida que va a equilibrar todo ese gasto energético. Aunque también se puede consumir en un restaurante, cuando no hay alguno o no alcanza lo que llevamos en el bolsillo, suelo preparar pasta con atún, o pan con atún o aguacate (también llamado palta, en algunos países de Sudamérica). Algunas veces, en cambio, me siento inapetente y prefiero preparar un par de sanduches de queso con mantequilla (prefiero no consumir embutidos ni carnes rojas).

Entre comidas, consumo especialmente frutos secos: maní, almendras, granola, semillas de girasol, entre otros.

¿CÓMO HIDRATARSE EN LA RUTA?

Foto por Juan Angulo. Valle de las Ánimas. Bolivia. El Sur Bici-ble, 2016

El agua es el principal componente del cuerpo humano, aproximadamente ocupa un 65%. En la bici, es muy fácil deshidratarse por la pérdida de sales al sudar, o al orinar o defecar y esto puede desencadenar serios problemas de salud. Lo recomendable es tomar sorbos de agua cada 15 o 20 minutos, y no esperar a sentir sed para beber. Sentir sed es, precisamente, un efecto de la deshidratación. Mi elección es llevar máximo 2 litros de agua (2 kilos mas de peso) y tomar toda el agua que pueda. Además, por consejo de un amigo biciviajero, a las comidas es mejor añadir un poco mas de sal, para adquirirla de manera natural.

Ahora, sobre el acceso al agua, en Sudamérica, en la mayoría de las ciudades, el agua del acueducto no es potable. Por tanto, hay que hervir o comprar agua embotellada (lo que tampoco es tan buena idea, por el impacto ambiental tan negativo que tiene desechar plástico). En varias ocasiones me he enfermado de la panza por consumir agua contaminada.

Entonces, sobre esto, es mejor preparar el cuerpo para las aguas no procesadas. ¿Cómo? Al agua tomada del grifo se le añade una pizca de bicarbonato de sodio, sal y miel. Esto es un suero natural que ayudará a que el cuerpo se adapte a todo tipo de agua.

Si bien en el metabolismo influyen la alimentación y la hidratación, también hay que tener en cuenta las horas de sueño y descanso. Dormir bien, por lo menos 7 horas, y saber escuchar al cuerpo, harán que la experiencia de ciclo-turismo sea más satisfactoria.

Foto: Camping Sur de Bolivia. El Sur Bici-ble, 2016.

viernes, 9 de septiembre de 2016

BIKE, BLOODY BIKE

"La sincronicidad entre el ciclo femenino y el de la luna también revelaba la conexión entra la mujer y lo divino: durante su ciclo la mujer albergaba el misterio de la vida dentro de su cuerpo y podía generar vida y asegurar el futuro de su pueblo, lo que equivale a decir que cada mujer poseía los poderes propios del universo: dar la vida, sustentar y crear".


MIRANDA GRAY. Luna Roja, pág. 56.


En estos meses de viaje con El Sur Bici-ble he compartido con cientos de mujeres en diferentes pueblos, ciudades y países. Madres, hijas, hermanas, viudas, esposas, novias, mujeres solas o acompañadas, amigas, sobrinas, niñas, adultas, jóvenes, lesbianas, heterosexuales, bisexuales, feministas, no feministas… Larga la lista. He aprendido de sus vidas, sus luchas, sus grietas, sus defensas, sus sueños y sus conquistas. Escuchar y conectarnos entre mujeres es quizás un gesto propio de la sororidad, palabra clave cuando se trata de juntarnos y apoyarnos las unas a las otras. Conocerlas también-para-conocerme, saber sobre sus dudas a la hora de subirse a una bici, o de viajar en una, o las razones por las cuales una chica nunca ha pedaleado, me permite profundizar en la relación que tenemos con la bicicleta y la manera como hemos conquistando nuestro cuerpo y el territorio, subidas en una.

Percepciones de inseguridad, experiencias de acoso callejero, temor de “marcar” el cuerpo con heridas y cicatrices, prejuicios sociales como creer que sudar es “ensuciarse” o que usar el casco “despeina”, miedos propios e infundados, traumas de accidentes en la infancia, abstención, son solo pocas de las razones para no usar la bici. Y hay otra razón: la menstruación, que socialmente sigue siendo un tabú, un tema con restricciones sociales, oculto, de amplio desconocimiento y muchos prejuicios.

En las intervenciones que organizo con colectivos pro-bici y tiendas de Specialized por donde hemos pasado Arielita y yo, siempre surge la pregunta: Andrea, y ¿cómo haces cuando te baja la regla? Fácil: vivo tranquilamente mis ciclos femeninos. En “esos días”, sangro, pedaleo, acampo, me alimento igual y uso la copa menstrual, en vez de toallas o tampones. Incluso, cuando he tenido compañeros de viaje, hablo con naturalidad sobre esto y no lo oculto, como si se tratara de un fenómeno que me convierte, por algunos días, en una “enferma”. ¿Cuántas veces no le escuché a las mujeres de mi casa, a algunos exnovios, referirse al periodo como “estar mala”? Muchas. Y no, no es malo menstruar. Ni es una enfermedad. Ni es sucio. Es un proceso natural propio de nuestra condición femenina, que es cíclica, que no compete solamente a los días de sangrado y que se conecta también con los ritmos naturales del universo.



Esta publicación no pretende ser un largo discurso sobre la menstruación. Hablar, leer y conocer al respecto responde a una iniciativa de cada mujer, con el objetivo de conocerse a sí misma y es, ante todo, una decisión personal. Literatura al respecto, hay suficiente. En mi caso, también he tenido que recorrer un largo camino para conocerla, aceptarla y amarla, camino que me ha llevado a conocerme, aceptarme y amarme. Así que solo enfatizaré en la experiencia de menstruar mientras viajo en bicicleta y, particularmente, en los beneficios del uso de la copa menstrual.

En el viaje, no ha sido un impedimento estar en “esos días”, y menos creo que debo quedarme quieta, o no bañarme, o bañarme tres veces al día, o no levantarme de la cama o de mi bolsa para dormir y que ojalá nadie me hable. No. Transcurre la vida con la misma naturalidad como baja la regla. Incluso, creo que el día que pedaleé 135,27 kms, de Amaicha a Cafayate al norte de Argentina, hace poco, estaba en mi segundo día de menstruación. Tampoco quiero decir que no pasa nada. Pasa y pasa bastante. Cada mujer sabe y reconoce qué se transforma, qué sueña, qué luna le corresponde, qué gana y, por qué no, qué pierde en “esos días”.



En los primeros dos meses, la regla llegó puntual. Pero, al tercer y cuarto mes, todo empezó a desajustarse. Mi ciclo menstrual se afectó, quizás, por mis angustias existenciales: ¿de dónde voy a sacar el dinero para seguir? ¿terminaré el viaje? ¡me siento sola! ¡extraño a mis gatas! ¡esto es difícil! ¡cuánta belleza en el mundo! ¡extraño el olor de su barba!, etc. Se demoraba en llegar, y eso me angustiaba aún mas. Sin embargo, empecé a creer que mi cuerpo también empezaba a acostumbrarse a una nueva rutina, la rutina del viaje, y confíe en esa sabiduría. Así, al quinto mes, el ciclo se reguló, con pequeños desajustes, algunas veces, de uno o dos días. Pero todo bajo control.

LA COPA MENSTRUAL, UNA ALTERNATIVA ECOLÓGICA Y ECONÓMICA

 Foto tomada por Nicolas Reyes-Amaya. Copa menstrual Maggacup. El Sur Bici-ble, 2016.

Al principio, fue difícil acostumbrarme a usar la copa menstrual, viajando en bicicleta. Hoy, para mi, como la bici, es también un instrumento de poder. La había usado siendo ciclista urbana, en unos minutos de trayecto, pero no en horas de pedaleo. Así que, como todo, toma tiempo acostumbrarse. Usarla también responde a un compromiso con la tierra: no genero basura y, al sembrar mi menstruación, también abono la tierra que me sostiene. –Andrea, has dicho, ¿sembrar la menstruación? Sí. Sembrando mi sangre agradezco a la tierra su alimento, su siembra y su cosecha, su abundancia y generosidad. Cuando siembro, entonces, decreto que también germine la energía creadora y sanadora dentro de mí. Es sangre de vida, no de guerra. Es un simple ritual de amor. Muy poderoso. Y la copa menstrual me permite recoger mi ofrenda.

Así, al usar la copa también evito desechar tanta basura. Las toallas higiénicas contaminan el planeta y, por su composición, son tóxicas para el cuerpo. Si hacemos cuentas, una mujer tiene entre 12 y 13 menstruaciones al año. De 4 o 6 días. Si usa toallas, desecha diariamente entre 3 y 5 toallas, o tampones. Eso multiplicado por 4, multiplicado por 12. Eso multiplicado por los años entre la menarca y antes de la menopausia. Eso multiplicado por el número de mujeres menstruantes en el mundo. A eso sumen bolsitas, empaques, aplicadores… materiales que tardan mas de 200 años en biodegradarse. Toneladas y toneladas de basura contaminante regados en el planeta. La copa menstrual se convierte entonces en un aliado de la naturaleza. Con una sola copa, una mujer puede recoger su sangre durante 5 a 10 años. A todas luces, resulta mejor.

Ahora, a todos esos números del párrafo anterior, sumen y multipliquen también el valor de cada cosa y, descubrirán, que el uso de la copa menstrual también beneficia el bolsillo, tal cual sucede con la bici, que no necesita inversiones en combustible, ni impuestos, y su mantenimiento es bastante económico. Entonces, ¿por qué no usarla?

UNIÓN DE FUERZAS FEMENINAS: MAGGACUP Y MUJERES BICI-BLES EN ARGENTINA

Como he mencionado a lo largo de esta publicación, una herramienta útil para los días de menstruación y pedaleo es la copa menstrual, conocida también como moon cup., o copa de luna. Y, Argentina, cuenta con su propia marca: Maggacup.

Con todo esto, fue como llegué a conversar con las chicas de Maggacup, con el fin de buscar alianzas entre nuestros proyectos. Maggacup es una copa menstrual reutilizable, 100% hipoalérgica y atóxica, de uso diario, cómoda y práctica, con un alto beneficio ecológico: para su fabricación no se talan ni bosques ni selvas nativas. Además, por cada Maggacup que se vende, la empresa social Cíclica, dona a la ONG Banco de Bosques un porcentaje equivalente a 1 m2 de selva nativa para conservar los bosques a perpetuidad. Y, contando además con el beneficio económico que, al ser la Maggacup reutilizable, se trata de una inversión cada 10 años, para su uso, y un ahorro de dinero importante.

Recibí una copa como donación para mi proyecto de viaje, me convertí en mensajera y embajadora de la marca y, para las chicas que se vinculen con cada grupo de Mujeres Bici-bles, en Argentina, cada una recibe un 15% de descuento en la compra de su copa menstrual Maggacup. Este convenio nos ayuda, a ellas y a mí, seguir ampliando el uso de dos objetos socialmente poderosos: la bicicleta como medio de transporte y la copa menstrual, como alternativa de autoconocimiento y salud.

¿Cómo usar una Maggacup? Es muy fácil. Se coloca en la vagina en los días de la menstruación para recolectar la sangre. Puede recolectar hasta 12 horas sin que su capacidad de recepción se vea desbordada. Y se vacía a diario, según la cantidad de flujo. Al finalizar el periodo, se esteriliza y se guarda en su bolsa, hasta el siguiente mes.



Maggacup y Mujeres Bici-bles, invitamos a todas las mujeres a vivir su menstruación de manera amorosa y saludable, en sintonía con la naturaleza y con los ritmos de sus lunas.

domingo, 21 de agosto de 2016

LA RUEDA - G.K. CHESTERTON

En una silenciosa y rústica –aunque muy conocida- iglesia del vecindario hay una vidriera que supuestamente representa un ángel en bicicleta. Sin duda representa un joven desnudo sobre una rueda; pero la rueda y la santidad (supongo) del joven están lo bastante elaboradas para explicar esa descripción. Tiene un florido perfil renacentista, y forma parte del periodo pagano que introdujo todo tipo de objetos en la ornamentación: personalmente me resulta más fácil creen en la bicicleta que en el ángel. Se dice que ahora el hombre imita a los ángeles; será en los aeroplanos, porque no se me ocurre ninguna otra cosa. Así que tal vez el ángel de la bicicleta (si se trata de un ángel y de una bicicleta) se vengue imitando al hombre. En tal caso, ha demostrado ese elevado intelecto que se atribuye a los ángeles en los libros medievales, aunque no siempre (tal vez) en las imágenes medievales. 
Y es que las ruedas son la marca del hombre como las alas lo son del ángel. La rueda es tan antigua como la humanidad, y sin embargo es exclusiva del hombre, en el sentido de que es prehistórica, pero no prehumana. 
Un distinguido psicólogo, que conoce bien la fisiología, me ha asegurado que hay partes del cuerpo que sin duda son palancas, y otras que probablemente sean poleas, pero que, después de palparse con suma atención, no ha encontrado ninguna rueda. La rueda, como forma de movimiento, es un invento puramente humano. En el antiguo escudo de armas de Adán (que, como la mayor parte de su atuendo, aún no ha sido descubierto), el emblema heráldico era una rueda… passant. Ya digo que, como forma de progreso, es única. Muchos filósofos modernos, como el amigo que he citado antes, están dispuestos a encontrar vínculos entre el hombre y los animales, y a demostrar que el hombre ha sido en todo el esclavo ciego de la madre tierra. Otros, a diferencia de los anteriores, incluso están dispuestos a mostrarlos; sobre todo si sirven para desacreditar a la religión. Pero hasta los científicos más entusiastas han reconocido en mi presencia que les sorprendería ver una vaca con cuatro ruedas. Las fantásticas familias de la tierra corren a nuestro encuentro y se arremolinan en torno a nosotros con alas, aletas, garras, cascos, telarañas y pezuñas, aletean, susurran, galopan, trotan y pisotean, pero nada de ruedas. 
Creo recordar vagamente, si es que recuerdo algo, que en algunas de esas oscuras y proféticas páginas de las Escrituras que parecen de nuboso púrpura y oro crepuscular hay un pasaje en el que el augur sueña violentamente con ruedas. Tal vez fuese la declaración simbólica espiritual del hombre. Hagan lo que hagan los pájaros en el cielo o los peces debajo de su nave, el hombre es quien está al timón, el único que puede estarlo. Puede intentar que los pájaros sean sus amigos; puede convertir a los peces en sus dioses, si así lo quiere. Pero no creerá en un pájaro en lo alto de un mástil, y es uy improbable que tolere siquiera un pez en el timón. Es, como dice Swinburne, timones y capitán: es literalmente, el Hombre a la rueda del Timón. 
La rueda es un animal que siempre está cabeza abajo, sólo que “se mueve tan deprisa que ningún filósofo ha descubierto dónde tiene la cabeza”. O, si se puede formular la frase de manera más exacta, es un animal que siempre está patas arriba y que avanza de acuerdo con ese principio. Algunos peces, creo, se ponen patas arriba (suponiendo, en pro del argumento, que tuviesen patas); tengo un perro que casi lo consigue, y una vez yo mismo lo hice cuando era muy pequeño. Fue un accidente, y como diría el señor De Morgan, el delicioso novelista, no podría volver a ocurrir. Desde entonces nadie me ha acusado de estar patas arriba, como no sea mentalmente, y creo que incluso eso tiene algo de bueno, sobre todo tal como lo ejemplifica el símbolo giratorio. Una rueda es una paradoja sublime: una parte de ella va siempre hacia delante y la otra va siempre hacia atrás. Y en eso se parece mucho a la condición humana y a cualquier estado político. Cualquier alma cuerda mira al mismo tiempo hacia atrás y hacia delante, e incluso retrocede para avanzar. 
Para quienes estén interesados en la rebeldía (como me ocurre a mí), diré sólo humildemente que no puede haber una revolución sin revueltas. La rueda, al ser tan lógica, se refiere tanto a lo que hay detrás como a lo que hay delante. Tiene (igual que debería tenerlo cualquier sociedad) una parte que salta continuamente hacia el cielo y una parte que inclina la cabeza hacia el polvo. ¿Por qué iba la gente a desdeñar así a los que estamos cabeza abajo? Inclinar la cabeza hacia el polvo está muy bien y es el humilde principio de toda felicidad. Después de inclinar la cabeza hacia el polvo un instante llega la felicidad; y luego dejamos la cabeza en esa humilde y reverente posición y alzamos los pies. He ahí el verdadero origen de estar cabeza abajo; y la defensa definitiva de la paradoja. La rueda se humilla para exaltarse, solo que lo hace un poco más deprisa que yo.

Foto: Rueda de Arielita. Salar de los Lipez. Bolivia. El Sur Bici-ble, 2016.

jueves, 18 de agosto de 2016

1897 – 2016 ANACRONÍA, DIACRONÍA Y SINCRONÍA DE LAS DAMAS EN BICICLETA

En mi corta estadía en Cusco, a los cuatro o cinco meses de El Sur Bici-ble, fui invitada a participar en una tertulia virtual, organizada por Ximena Ocampo y Francisco Paillie, amigos y también creadores de El Caminante, un hermoso y “quijotesco” proyecto editorial que vio la luz en México y que, además de destacar oportunamente sobre movilidad alternativa, también promueve la reflexión sobre temas de ciudad. Vale la “cuña” porque los libros que hasta ahora han publicado: La vuelta al mundo en 80 bicicletas, La revolución peatonal y 30 días de peatón, además de la pulcritud desde lo editorial y la estética del libro como objeto, son material indispensable para quienes aprendemos empíricamente (y los más formales) aspectos relacionados con nuestra defensa de la bici, del peatón y de ciudades mas igualitarias y amables.

La tertulia #LeerLaCiudad (revisar enlaces al final), en esta oportunidad, nos convocó a Laura Bustos Endoqui (mexicana) y a mi (colombiana en tránsito), ambas ciclistas urbanas, en torno a la lectura del libro “Damas en bicicleta. Cómo vestir y normas de comportamiento”, una guía para mujeres ciclistas, escrita en 1897 por la también ciclista británica E. J. Erskine, traducido al español por  José C. Valdes y publicado, en 2014, por la editorial Impedimenta. Este libro, ante todo, sorprende por la vigencia que tiene las recomendaciones y consejos que da la señorita Erskine para las futuras ciclistas, aquellas mujeres que están decididas a ir por ahí, en una bicicleta, y también, por qué no, a emprender acciones políticas subidas en una bicicleta.

Video: #LeerlaCiudad presenta: Q&A con Mujeres Bici-bles

Recordemos que para 1897, la lucha sufragista llevaba muy poco en celebrar algunas de sus conquistas y que, la bicicleta, al evolucionar también en su tecnología, se convirtió en una herramienta de emancipación para las mujeres desde mediados del siglo XIX. Precisamente, en la Nota de los Editores, inician con la famosa frase de Susan B. Anthony: “El uso de la bicicleta ha hecho mas por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo”. Y así fue que, en plena época victoriana, la práctica del ciclismo se fue masificando en población femenina, a pesar de los prejuicios sociales de la moral en turno, y perfiló en las mujeres un nuevo fenómeno social que denominarían la “Nueva mujer”: mujeres que pusieron en tela de juicio los roles de género, defendieron una nueva feminidad y, en una bici, iban en la conquista de la igualdad de condiciones con relación a los hombres.

“Damas en bicicleta. Cómo vestir y normas de comportamiento", se divide en diez capítulos: 1. Ciclismo, aspectos sociales y deportivos; 2. Indumentaria ciclista para el campo y la ciudad; 3. La máquina; 4. El modo correcto de andar en bicicleta; 5. Pedaleando en la ciudad; 6.Pedaleando en Inglaterra y en el extranjero; 7. Ascendiendo montaña en la bicicleta; 8. Gymkhanas ciclistas; 9. Mantenimiento de la bici y, 10.  Otros consejos de carácter general. Diez capítulos que abordan diferentes experiencias de ciclismo: urbano, recreativo, deportivo y cicloturismo, desde la óptica de una mujer también ciclista, sin olvidar las condiciones de su contexto. Incluso, encuentro en esta publicación, unas primeras apreciaciones llamémoslas, “feministas” sobre el uso de la bici y aspectos relacionados con el acoso callejero (la autora no lo reconoce con estas palabras, pero ya se esboza este tipo de violencia sexual). A continuación, haré un par de alusiones sobre cada capítulo.

Portada del libro "Damas en bicicleta. Cómo vestir y normas de comportamiento".

En Ciclismo, aspectos sociales y deportivos, la autora presenta su negativa a la participación de las mujeres en competencias de ciclismo, por la posible afectación a la salud, puesto “que la mujer que compitiera solo conseguiría perjudicarse o incluso hacerse daño físicamente” (pág. 16). Esto, hoy, parcialmente superado, porque aún hay algunos tabúes, como la menstruación. Sin embargo, en el libro, la Erskine defiende su uso desde el ejercicio moderado, por tratarse de un placer y una diversión. Además, tanto en espacios rurales, como urbanos, la bicicleta permite que mujeres y hombres, se movilicen a unas cuantas millas, señalando que no se trata de un pasatiempo pasajero, sino de “un artefacto que se mantendrá sin duda entre nosotros muchos años, y no como una moda, sino como un accesorio mecánico indispensable en cada hogar” (pág. 20). Destaca, entonces, el carácter inclusivo de la bicicleta como un objeto social. Asimismo, celebra que fue la reina Victoria quien dio prestigio a la bicicleta, al moverse en una y, de esa manera “dio prestigio y carta de naturaleza al movimiento ciclista británico” (pág. 21).

Indumentaria ciclista para el campo y la ciudad, profundiza en aspectos relacionados con las maneras de vestir de las mujeres. Dice la autora que, ante todo, debe mantener un corte impecable: “para ir en bicicleta por el parque debemos contar con una fantástica falda de singular corte y confección, ingeniosamente preparada para que cuelgue vistosa y ampliamente a ambos lados del sillín; al parecer la moda (aunque no el sentido común) decreta que debemos ir ataviadas con una blusa de seda o algodón, rebosante de lacitos y aderezos, y con amplias mangas abombadas, que es la indumentaria en régle y lo que mejor se ajusta a nuestros cuerpos” (pág. 24). Y así, a lo largo de todo el capítulo, sugiere materiales, estilos, formas, trajes, zapatos y accesorios para, lo que ella llama, el arte del pedaleo, en el campo o en la ciudad. Lo curioso es que, a pesar de los cambios de vestimenta en las mujeres, usando bloomers o pantalones bombachos y liberándose de las exóticas faldas victorianas y posteriormente del corsé, Erskine defiende su uso afirmando que “es verdad que no deben apretarse mucho los cordones, pero lo cierto es que un par de corsés bien revestidos de lana pueden proporcionar una beneficiosa sujeción; impedirán que la figura se descomponga y de paso protegerán las partes vitales del frío” (pág. 26). Hoy, cada mujer pedalea como mejor se sienta.

Fotografía Indumentaria mujeres en bicicleta en la época victoriana.

El tercer capítulo, La máquina, coincido plenamente con la postura de la autora respecto a cuál es la mejor opción de bicicleta: “no hay una que sea de definitivamente mejor que las otras, sino que hay media docena o más que son igual de buenas”. Y es que esto depende, plenamente, de la experiencia de ciclismo que cada mujer quiera practicar. Entonces, menciona un listado de marcas de bicicletas y sus características en cuanto a materiales, costos, partes y accesorios y peso, con sugerencias sobre la importancia de conocer la mecánica de la bicicleta para su mantenimiento y las correctas posturas corporales de las ciclistas, aspectos que profundiza en capítulos posteriores. Actualmente, aunque también abundan las marcas, no todas enfatizan en diseñar una línea exclusiva para mujeres. Acá nuevamente se me sale una cuña, pero no en vano, porque baso la recomendación desde mi exitosa experiencia con esta marca, y destaco los esfuerzos que hace Specialized para satisfacer los gustos y las necesidades de las mujeres ciclistas, desarrollando accesorios, bicicletas e indumentaria pensadas para las mujeres.

Más adelante, en El modo correcto de andar en bicicleta, teniendo claro qué bicicleta usar, ahora la autora británica define en qué consiste andar bien en bicicleta: “En términos generales se entiende que todo consiste en echarle un poco de esfuerzo a la cosa y que el balanceo corporal, a fin de cuentas, sea más o menos armonioso. La ciclista y su bicicleta han de moverse como si fueran un solo cuerpo; deprisa o despacio, con vigor o suavemente; independientemente de cómo sea el camino, la buena ciclista se desplaza, aparentemente sin esfuerzo, como un halcón cruzando la cúpula celeste” (pág. 44). Consejos respecto a la altura del sillín, el ajuste del manillar, cómo arrancar a pedalear, pedalear y subir y descender las cuestas (sin fatigas ni agotamientos, incluso proponer empujar la bicicleta, si es necesario).  Aspecto que no pierden vigencia, aunque haya avanzado aún mas la tecnología de la bicicleta.

Fotografía mujeres ciclistas época victoriana.

En el capítulo 5, Pedaleando en la ciudad, parece que Erskine, de alguna manera, hubiese sido una visionaria del ciclismo urbano, porque sus posturas mantienen cierta actualidad, y, sin usar esas palabras, destaca la percepción de inseguridad de las calles como un factor en contra del uso urbano de la bicicleta en población femenina: “Transitar en bicicleta por la ciudad de modo seguro, sobre todo por lugares donde existe cierto tráfico, es una experiencia ciclista que solo deberían intentar aquellas que no tienen otro modo de regresar a sus casas si no es sobre las dos ruedas, o aquellas que son capaces de mantener la cabeza fría y no perder los nervios con facilidad. En todo caso, aunque la dama ciclista esté adornada con semejantes cualidades, es mejor evitar las atestadas calles de las ciudades siempre que se pueda. Dejemos aparte la cuestión de si es agradable para una dama tener que soportar las vulgares groserías que no pocas veces se le dedican por parte de los viandantes: lo mejor es, desde cualquier punto de vista que se mire, que las damas que se tengan por tales eviten el tráfico cuando montan en bicicleta” (págs. 53 y 54), y también hace la primera alusión al acoso callejo. ¿Les parece familiar?

Este capítulo contiene buenas recomendaciones para la movilidad en bicicleta en la ciudad, destacando la concentración de la ciclista en la vía, el control de la máquina y su velocidad, cómo cruzar en bicicleta, su negación a las piruetas, la protección al peatón, y, lo mejor, su mirada sobre la bicicleta como un vehículo para la movilidad: “debe tenerse muy en cuenta que, a ojos de la autoridad, una bicicleta es un vehículo como cualquier otro: goza de los mismos privilegios y está sometido a las mismas obligaciones que el resto de las máquinas que se impulsan sobre ruedas. Mientras la dama ciclista recuerde este sencillo principio, observe las normas básicas de circulación y se comporte con la educación necesaria, no deberá tener mayores sustos” (pág. 55).

 Ilustración de mujeres en bicicleta en la época victoriana.

Y, a continuación, un capítulo dedicado al cicloturismo: Pedaleando en Inglaterra y en el extranjero. Si bien en el primer capítulo defiende el uso de la bicicleta por tratarse de una práctica divertida, en esta ocasión asocia esta idea con una defensa a la equidad de género: “es justo que las féminas tengan las mismas oportunidades que los hombres de disfrutar de un poco de aire puro de vez en cuando. Y esto es precisamente lo que convierte el turismo en bicicleta en una actividad tan valorada por todo tipo de mujeres, y esta también es la razón —mucho más que las modas o las tendencias— por la que el ciclismo ocupa hoy su actual posición preponderante entre las damas” (pág. 64). ¿Quién, en nuestros días, no quiere alejarse de la rutina de la vida e ir pedaleando a la montaña? Yo sí, y no necesariamente se trata de hacer viajes largos, sino también dedicarse un par de días a recorrer otras geografías. Así pues, en el mismo capítulo, la autora da recomendaciones para experiencias placenteras de viaje en bicicleta en relación al equipo de viaje, la vestimenta, el tipo de bicicleta, la documentación necesaria para viajar al extranjero, la alimentación, la hidratación, la escogencia de la ruta y el acompañamiento del viaje con aspectos creativos: dibujar, tomar fotografías o pintar. Fue un capítulo que disfruté al máximo, por tratarse de una práctica de ciclismo que en este momento me corresponde, y vivo día a día.

En “Ascendiendo montañas en bicicleta”, nos presenta los posibles casos de ascenso en bicicleta: los “falsos llanos”, ascensos largos y de poca inclinación, que cuando son largos, a veces resultan frustrantes; los caminos en V, que no son otra cosa que rutas de bajadas y subidas pronunciadas, que también son muy divertidos y las cuestas que se empinan gradualmente, que pueden ser agotadoras. “La «escalada», como se llama técnicamente el arte de subir cuestas en bicicleta, requiere una combinación de fuerza y habilidades particulares. Las buenas «escaladoras» saben que, con mucho, resulta más importante utilizar bien la fuerza y los músculos del tobillo que optar por doblar el espinazo hasta acabar adoptando la forma de una luna menguante y, así encogida, empujar, resoplar y agobiarse hasta acabar extenuada” (pág. 75). Recomienda la autora la lentitud a la hora de los ascensos, pedalear en calma y con seguridad en cada pedalezo: “Este es el sistema científico adecuado para escalar cuestas: con un ritmo uniforme y utilizando la distribución del peso corporal para ayudar a los tobillos en su rotación” (pág. 77). Y estoy de acuerdo. Con un pedaleo firme y tranquilo, ayudadas por una relación suave de la bicicleta, conquistamos cualquier montaña.

Foto tomada por Adrien Galparoli. Por la RN34. Argentina. El Sur Bici-ble, 2016.

El capítulo 8, Gymkhanas ciclistas, amplía otra de las bondades de la bicicleta: los juegos en competencia. Las Gymkhanas son las competiciones entre ciclistas para mostrar sus destrezas y habilidades: “una gymkhana ciclista no es mala cosa para pasar alegremente una tarde de verano con los amigos. Siempre anima un mercadillo, que de otro modo podría ser una auténtica lata; además, estos divertidos concursos de habilidad y destreza son también un gran incentivo como distracción en las exposiciones orales de provincias; y al fin y al cabo, favorecen notablemente la práctica y las habilidades del ciclismo. El lanzamiento de cartas y paquetes sin bajar de la bicicleta es un ejercicio de lo más divertido, creedme. Pero existen otros juegos, como las fintas al pasar entre un poste y otro, el regateo entre obstáculos de distintos tamaños utilizando solo una mano y sabiendo que los segundos vuelan en el reloj del cronometrador... los juegos son innumerables” (pág. 80). Hoy día son mas frecuentes las participaciones de los ciclistas urbanos en Alleycat, Critérium y carreras de obstáculos, en un contexto citadino. Por supuesto, Erskine también da recomendaciones respecto a la bicicleta que funciona mejor para los gymkhanas.

El siguiente capítulo, Mantenimiento de la bicicleta, aborda un aspecto muy importante en la autonomía del uso de la bicicleta: que cada mujer ciclista pueda resolver los asuntos relacionados con la mecánica de la bicicleta: “Siempre y cuando la propietaria sea capaz de conocer hasta el último detalle técnico de su máquina y de llevar a cabo sin ayuda de nadie las reparaciones habituales, será muy poco lo que se gaste en su mantenimiento, una vez adquirida la propia bicicleta, claro está. De ese modo, ella misma podrá ocuparse perfectamente del cuidado de su máquina sin ayuda de nadie” (pág. 88). Sin duda, un gesto de empoderamiento: “Es la independencia y la libertad lo que hace del ciclismo una actividad tan deliciosa, y esto no puede apreciarse en toda su magnitud sin que seamos totalmente autosuficientes” (pág. 95). Así es como Erskine, para experiencias placenteras de ciclismo, da recomendaciones a sus lectoras sobre la limpieza de la bicicleta, pinchazos, limpieza de la cadena, mantenimiento de los rodamientos, rompimiento de radios, rompimiento del manillar, el equipo de mecánica básica o bolsa de herramientas: “Nadie debería echarse a los caminos sin un bombín, un buen equipo de reparación, un juego de llaves y una latita de aceite. Los accidentes siempre ocurren cuando menos se lo espera uno y cuando menos convienen…” (págs. 94 y 95). Y no se equivocaba, puesto que es relevante que cada mujer ciclista sepa cómo mantener en buen estado su bicicleta y sepa cómo resolver los asuntos problemáticos de su bicicleta que se le presenten mientras pedalea.

Foto: Taller de despinche. Mujeres Bici-bles Salta. Salta. El Sur Bici-ble, 2016.

Para terminar, el décimo capítulo, Otros consejos de carácter general, la autora, una vez, hace un llamado a la moderación en el uso de la bicicleta, en tranquilidad y ojalá combinado con otras aficiones (pintar, dibujar, fotografiar). Además, reconoce que sus aportes pueden fortalecer experiencias positivas de ciclismo: “Es infinitamente más sencillo estar sentada e impartir conocimientos, que es lo que me dispongo a hacer yo ahora: en todo caso, las advertencias son necesarias y hay que darlas, y si se aceptan mis consejos, al menos en parte, y se tienen en cuenta mis recomendaciones, por pesadas que parezcan, habrá muchas jóvenes que podrán disfrutar de alegres excursiones ciclistas y que me lo agradecerán. Si una señorita ciclista se sobrepasa una vez, ello significará que tardará meses e incluso años en volver a coger la bicicleta. Y entonces habríamos fracasado” (pág. 99). Destaca, nuevamente, la buena alimentación, el descanso y la posibilidad de unirse a algún club de ciclismo. Al final, señala que aunque ir compañía puede dar una idea de seguridad, ir solas “vestidas formalmente y sin llamar la atención, y pedaleando tranquilamente sola a la luz del día” (pág. 104), también puede generar experiencias placenteras de ciclismo, destacando su buena suerte y gozo en sus excursiones en bicicleta. Y, de eso también me he visto beneficiada: cuando se viaja sola, en bicicleta, el mundo y el universo nos dan su abundancia, y en cada parada, encontramos ángeles que nos reciben.

Foto tomada por Adrien Galparoli. 5.000 Kms en bicicleta con El Sur Bici-ble. Ledesma. El Sur Bici-ble, 2016.

Recuerden que este libro fue escrito en 1897. Y estamos en 2016. ¿No es sorprendente su vigencia? Quiero finalizar copiando la última página de “Damas en bicicleta”, solo por destacar la valentía en cada mujer que pedaleó y pedalea, en un mundo pensando para el poder de los hombres, pero jamás pensó en el poder de conquista que tiene una mujer sobre la bicicleta:

Este libro se empezó a imprimir el día 20 de octubre de 2014, y ese mismo día pero más de un siglo atrás, en el año 1895, el New York World describía la hazaña de Annie «Londonderry» Cohen Kopchovsky como «el viaje más asombroso que una mujer hubiera realizado jamás». Se refería a la primera mujer que se atrevía a recorrer el mundo en bicicleta después de haber recibido la promesa de un premio de 5000 dólares si conseguía llevar a buen término la aventura en un plazo máximo de quince meses. Annie «Londonderry» puso así nombre femenino a lo que fue una auténtica explosión del uso de la bicicleta en la década de 1890, y que, en palabras de la feminista y líder del movimiento estadounidense de los derechos civiles, Susan B. Anthony, logró que surgiera una nueva raza de mujeres, la raza de «La Nueva Mujer». «Dejad que os diga lo que pienso de la bicicleta», declararía una entusiasta Susan B. Anthony. «Creo que ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo. Esa enorme sensación de independencia y de confianza... Siempre que veo a una mujer pasar a mi lado en bicicleta, me detengo y me quedo mirándola llena de regocijo. Es la imagen de la libertad, de la mujer sin límites. » (pág. 109).

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