domingo, 21 de agosto de 2016

LA RUEDA - G.K. CHESTERTON

En una silenciosa y rústica –aunque muy conocida- iglesia del vecindario hay una vidriera que supuestamente representa un ángel en bicicleta. Sin duda representa un joven desnudo sobre una rueda; pero la rueda y la santidad (supongo) del joven están lo bastante elaboradas para explicar esa descripción. Tiene un florido perfil renacentista, y forma parte del periodo pagano que introdujo todo tipo de objetos en la ornamentación: personalmente me resulta más fácil creen en la bicicleta que en el ángel. Se dice que ahora el hombre imita a los ángeles; será en los aeroplanos, porque no se me ocurre ninguna otra cosa. Así que tal vez el ángel de la bicicleta (si se trata de un ángel y de una bicicleta) se vengue imitando al hombre. En tal caso, ha demostrado ese elevado intelecto que se atribuye a los ángeles en los libros medievales, aunque no siempre (tal vez) en las imágenes medievales. 
Y es que las ruedas son la marca del hombre como las alas lo son del ángel. La rueda es tan antigua como la humanidad, y sin embargo es exclusiva del hombre, en el sentido de que es prehistórica, pero no prehumana. 
Un distinguido psicólogo, que conoce bien la fisiología, me ha asegurado que hay partes del cuerpo que sin duda son palancas, y otras que probablemente sean poleas, pero que, después de palparse con suma atención, no ha encontrado ninguna rueda. La rueda, como forma de movimiento, es un invento puramente humano. En el antiguo escudo de armas de Adán (que, como la mayor parte de su atuendo, aún no ha sido descubierto), el emblema heráldico era una rueda… passant. Ya digo que, como forma de progreso, es única. Muchos filósofos modernos, como el amigo que he citado antes, están dispuestos a encontrar vínculos entre el hombre y los animales, y a demostrar que el hombre ha sido en todo el esclavo ciego de la madre tierra. Otros, a diferencia de los anteriores, incluso están dispuestos a mostrarlos; sobre todo si sirven para desacreditar a la religión. Pero hasta los científicos más entusiastas han reconocido en mi presencia que les sorprendería ver una vaca con cuatro ruedas. Las fantásticas familias de la tierra corren a nuestro encuentro y se arremolinan en torno a nosotros con alas, aletas, garras, cascos, telarañas y pezuñas, aletean, susurran, galopan, trotan y pisotean, pero nada de ruedas. 
Creo recordar vagamente, si es que recuerdo algo, que en algunas de esas oscuras y proféticas páginas de las Escrituras que parecen de nuboso púrpura y oro crepuscular hay un pasaje en el que el augur sueña violentamente con ruedas. Tal vez fuese la declaración simbólica espiritual del hombre. Hagan lo que hagan los pájaros en el cielo o los peces debajo de su nave, el hombre es quien está al timón, el único que puede estarlo. Puede intentar que los pájaros sean sus amigos; puede convertir a los peces en sus dioses, si así lo quiere. Pero no creerá en un pájaro en lo alto de un mástil, y es uy improbable que tolere siquiera un pez en el timón. Es, como dice Swinburne, timones y capitán: es literalmente, el Hombre a la rueda del Timón. 
La rueda es un animal que siempre está cabeza abajo, sólo que “se mueve tan deprisa que ningún filósofo ha descubierto dónde tiene la cabeza”. O, si se puede formular la frase de manera más exacta, es un animal que siempre está patas arriba y que avanza de acuerdo con ese principio. Algunos peces, creo, se ponen patas arriba (suponiendo, en pro del argumento, que tuviesen patas); tengo un perro que casi lo consigue, y una vez yo mismo lo hice cuando era muy pequeño. Fue un accidente, y como diría el señor De Morgan, el delicioso novelista, no podría volver a ocurrir. Desde entonces nadie me ha acusado de estar patas arriba, como no sea mentalmente, y creo que incluso eso tiene algo de bueno, sobre todo tal como lo ejemplifica el símbolo giratorio. Una rueda es una paradoja sublime: una parte de ella va siempre hacia delante y la otra va siempre hacia atrás. Y en eso se parece mucho a la condición humana y a cualquier estado político. Cualquier alma cuerda mira al mismo tiempo hacia atrás y hacia delante, e incluso retrocede para avanzar. 
Para quienes estén interesados en la rebeldía (como me ocurre a mí), diré sólo humildemente que no puede haber una revolución sin revueltas. La rueda, al ser tan lógica, se refiere tanto a lo que hay detrás como a lo que hay delante. Tiene (igual que debería tenerlo cualquier sociedad) una parte que salta continuamente hacia el cielo y una parte que inclina la cabeza hacia el polvo. ¿Por qué iba la gente a desdeñar así a los que estamos cabeza abajo? Inclinar la cabeza hacia el polvo está muy bien y es el humilde principio de toda felicidad. Después de inclinar la cabeza hacia el polvo un instante llega la felicidad; y luego dejamos la cabeza en esa humilde y reverente posición y alzamos los pies. He ahí el verdadero origen de estar cabeza abajo; y la defensa definitiva de la paradoja. La rueda se humilla para exaltarse, solo que lo hace un poco más deprisa que yo.

Foto: Rueda de Arielita. Salar de los Lipez. Bolivia. El Sur Bici-ble, 2016.

No hay comentarios:

Publicar un comentario